Marcela
Manzur
Bendito refugio
Subtitulo del libro
Bendito refugio es una serie de memorias que abre las puertas de la infancia de la autora
y nos conduce a un territorio donde la vulnerabilidad y la fortaleza conviven desde los
primeros años de vida.
© 2021
© 2021
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Marcela Manzur
Marcela Manzur, Biografia.
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Bendito refugio
Bendito refugio es una serie de memorias que abre las puertas de la infancia de la autora y nos conduce a un territorio donde la vulnerabilidad y la fortaleza conviven desde los primeros años de vida. A través de memorias y anécdotas, relata cómo, siendo apenas una niña, aprendió a protegerse emocionalmente y a construir un mundo interior que se convirtió en su salvación.
Frente a una relación materna compleja, nació una personalidad única, creativa y resiliente: su propio refugio. Esta obra es un testimonio conmovedor sobre la supervivencia emocional, la identidad y el poder transformador de la memoria. Bendito refugio no es solo una historia personal; es un espejo donde muchos podrán reconocerse y encontrar esperanza.
Bendito refugio
Figuras
Una tarde, haciendo rompecabezas con mi hijo, descubrí que me era muy difícil
acomodar las piezas pequeñas de manera correcta. Llegaba a poner una de vez en
cuando, pero casi nunca embonaban bien. Entonces él me empezó a pedir que le
ayudara a separar las piezas por colores y formas o que buscara piezas que tuvieran dos
partes iguales. Para hacer eso era muy veloz. Me emocionaba poder encontrar las piezas
tan rápido y compartir ese tiempo juntos. Mi hijo me preguntó: «¿Por qué puedes
encontrar todo?» y le respondí que cada quien nace con diferentes habilidades y esa era
una mía.
Se quedó tranquilo, pero recordé que, cuando yo tenía tres años, trataba de
encontrar un lugar seguro, donde nadie me viera ni pudiera estar cerca de mí. El único
espacio donde podía buscar era en el departamento donde vivía, así que las opciones
eran limitadas. Tenía solo dos habitaciones, pero, como era pequeña, tardaba varios
pasos en llegar de un lado al otro. Veía hasta donde me alcanzaba la vista; me agachaba
y brincaba para buscar un sitio.
Me di cuenta de que no había lugar debajo de mi cama ni del mueble de la tele,
así que seguí buscando y buscando hasta que vi un pequeño hueco y descubrí la puerta
del clóset entreabierta. La abrí por completo y me metí. Ya adentro, me costó trabajo
cerrar la puerta, pues era corrediza, con agarraderas de metal clavadas solo en la parte
de afuera. Ya ahí, empujando la ropa con una mano y mi cabeza para hacer un espacio
—con cuidado de no maltratar nada—, logré por fin sentarme encima de unos zapatos.
Recuerdo que podía ver la puerta de madera llena de vetas con diferentes
figuras; algunas tenían formas claras y les podía encontrar sentido muy rápido. Varias
veces recurrí a este espacio; me agradaba ver las figuras y verificar que seguían
pareciendo lo que había pensado en un inicio. A veces las combinaba con otras e
intentaba darles un nuevo sentido. Había líneas rectas, onduladas, cortas, largas,
círculos y puntos que, en convergencia, parecían diferentes cosas: animales, objetos,
caras y un sinfín de figuras que podía crear con esos patrones. Algunos no me gustaban
a primera vista, así que los combinaba con una línea que estuviera cerca para darles otra
forma. A veces eran raras, pero así me las aprendía y delimitaba las líneas que, me
parecía, les iban bien. Después, ya que las tenía memorizadas, las observaba; a mis
favoritas las tocaba, sintiendo que las acariciaba, y a las que no alcanzaba las miraba
fijamente unos segundos, mandándoles sentimientos de amor. Me hacían sonreír, ya que
eran figuras que me agradaban, como un animal o un muñequito, y entonces sentía que
los iba a visitar.
El olor a ropa limpia y planchada, la luz que pasaba por la rendija de la puerta
que yo no cerraba al cien por miedo a no tener aire, lo apretado y lo silencioso… todo
era hermoso. Pero lo mejor era la sensación de sentirme segura solo conmigo y mi
soledad, perderme en ese espacio lleno de zapatos y ropa, descansando un poco de la
vida. Aún cierro los ojos y puedo sentir esa paz; realmente eran minutos, pero se me
hacían eternos. Sin esos lugares, no hubiera logrado continuar. Era un mundo que
construí para regresar a mi centro y no cambiar mi esencia. Así empezó mi talento para
encontrar formas.
Era un refugio maravilloso, pero aun ahí existía el miedo. De repente, a lo lejos
escuchaba voces; a veces a alguien gritando mi nombre y preguntándome dónde estaba,
pidiéndome que fuera a otro espacio, como la sala, la otra recámara o a comer. Casi
siempre salía veloz y, si me preguntaban dónde estaba, yo no contestaba o solo decía
que en mi cuarto.
Otro lugar al que iba cuando sentía menos peligro era debajo de la mesa del
comedor. Era una mesa redonda de madera con cuatro patas y un bastidor cuadrado que
las sostenía, con seis sillas debajo y un mantel largo que caía y casi llegaba al piso. Ahí
también buscaba formas: las sombras provenían del mismo mantel, ya que cerca había
una ventana por la que entraba mucho sol. Aquí tenía claro que me veían, pero era
difícil que entraran ahí abajo; asumían que me gustaba jugar en aquel lugar por mi
personalidad. Por eso era otro espacio seguro en mi casa donde podía descansar y jugar;
a veces me llevaba una muñeca, pues eran mis juguetes preferidos.
Recuerdo —lo mejor de ese momento— a mi hermano: sus abrazos, su mirada
traviesa, con esos ojos brillantes que lo decían todo. Yo escuchaba claramente su voz
tierna susurrando: «Te amo y estoy aquí para ti». Lo noté viéndome en mis refugios;
alentarme para salir de ellos y pasar tiempo juntos. Pero yo necesitaba ese espacio. Sí
lograba sacarme de ahí algunas veces; con su chispa, locuras e ideas geniales me
transportaba a lugares increíbles, como un campo de batalla donde atábamos una cuerda
de una puerta a una ventana para crear un teleférico donde tenían cabida sus muñecos de
acción de plástico, los Playmobil, y mis Barbies todos convergiendo en su mundo
imaginario.
Levantábamos una parte de la alfombra morada de la sala para llegar al parqué
de madera que esta escondía y jugábamos a las canicas, a las chiras pelas. Había
memorizado muy bien la costura exacta para jalar la alfombra y así encontrar la forma
de quitarla y ponerla sin que se dieran cuenta. También jugábamos al escondite de
juguetes, metiéndolos debajo de los sillones, en los cajones de la vitrina o dentro de una
maceta. Y mi juego favorito: la estación de radio. Mi hermano era el locutor y yo su
invitada; había entrevistas, cantábamos los anuncios y grabábamos música para nuestro
público. A veces nos daban ataques de risa, pero recuerdo que lo tomábamos muy en
serio, así que lo repetíamos hasta que saliera perfecto.
No nos dejaban tener juguetes en la sala por si llegaban invitados, pero igual lo
hacíamos y siempre los recogíamos, veloces, antes de que alguien nos descubriera. Una
vez estábamos disfrutando plácidamente nuestro juego. Calculamos que nadie iba a ir a
la casa hasta la tarde, así que sacamos los peluches y las cajas de juguetes; teníamos
todo por el piso y encima de los sillones, inventando historias y juegos. De repente
escuchamos a mi nana decir: «Niños, ya llegó su mamá y viene con alguien».
Recuerdo sentir algo en mi cuerpo que me paralizó de miedo y al mismo tiempo
me hizo pensar en cuál sería la mejor solución. Volteé a ver a mi hermano, ya que era el
mayor, para encontrar qué hacer. Estaba pálido e inmóvil igual que yo; sabíamos que no
tendríamos tiempo de guardar los juguetes. De repente, un chispazo y empezamos a
meterlos debajo de uno de los sillones de la sala. Parecía que ya habíamos practicado
esta escena, pero no era el caso. Todo fue perfecto: terminamos de aventar las cosas
justo en el momento en que mi mamá y la persona llegaron a la sala.
Estábamos los dos parados sonriendo para recibirlos con un saludo, como nos
habían educado. Por un lado, sentíamos el triunfo de haberlo logrado —la sala se veía
pulcra—; por otro, yo sentía temor de ser descubiertos. Nos sentamos en el sillón que
no tenía juguetes para que la visita y mi mamá quedaran en el que los tenía debajo y así
no pudieran verlos. Escuchaba su conversación y respondía a lo que me preguntaban,
pero de reojo vigilaba debajo del sillón, la mirada de mi mamá y la de la visita. Estaba
tan concentrada en que no nos descubrieran que no recuerdo quién había ido a la casa.
Quería voltear a ver a mi hermano, pero no podía; sentía miedo de que nos
delatáramos haciendo caras o nos diera risa. Fue una visita que no tardó mucho, así que
lo logramos: no se dieron cuenta o, por lo menos, nadie dijo nada. En cuanto mi mamá
bajó a despedirlo, sacamos todo y lo llevamos a nuestra recámara.
Ahora que soy adulta, me encuentro buscando en la fila de los bancos patrones
en la ropa; intento adivinar las posiciones o edades de las personas; en las calles,
observo las líneas de las banquetas y cuento las coladeras. Me doy cuenta de cuando
alguien cambia su mirada, cuando se ha arrancado los pellejitos de las uñas o se pintó
más una ceja que la otra.
Cabello
En las mañanas al preparar a mi hijo para ir a la escuela, siempre me pide ayuda para
peinarlo. Aunque ya no es pequeño, se le complica acomodarse la parte de atrás del pelo
y colocarse el gel de manera uniforme. Un día lo jalé un poco y le salieron algunas
lágrimas; le pedí disculpas y seguimos con la rutina, pero dentro de mí algo se encendió
y me llevó de nuevo a mis tres años, cuando mi mamá me peinaba.
Estaba en el baño, saliéndome de bañar para un día especial. Escuché a mi mamá
decir: «Ven para peinarte». Tomé aire y fui con ella un poco ilusionada por usar un
moño lindo que combinara con mi ropa. Empezaba conmigo de pie y me partía el pelo a
la mitad; después me pedía que me sentara en la taza del baño para que le quedara más
cómodo exprimir limón en mi cabeza para fijar el peinado. Mi cabello era demasiado
lacio y delgado, así que mientras acomodaba un lado, el otro se caía. Escuchaba cómo
iba cambiando su respiración y algunas palabras no muy lindas salían de su boca. Yo
trataba de concentrarme y seguir sus indicaciones, que eran: «No te muevas», «agarra
esta coleta», «toma el limón», «pásame la liga». La verdad es que casi todas las veces
terminaba llorando, pues ella, además de acelerar su respiración, aumentaba la fuerza
con la que me tomaba el cabello y pasaba el cepillo.
Reaccionaba dándome un jalón cuando se me cansaba el cuello y me empezaba
a inclinar. Me peinaba con fuerza, pues no sabía qué hacer cuando me escuchaba llorar.
Finalmente, terminaba y se iba enojada; a veces aventaba el cepillo. Cuando me miraba
al espejo para ver mi peinado, tenía los ojos rojos y ya no se veía tan lindo mi moño.
Así pasó no más de un año hasta que me cortaron el pelo y me lo dejaron corto, como
honguito; había perdido mi cabello y la opción de usar moños, que tanto me gustaban.
Casi entre sueños, recuerdo la voz de mi mamá decir: «Así no hay que peinarla, pues no
aguanta, siempre llora». Pensaban que yo era muy payasa, especial o chillona; yo los
escuchaba, pero no les creía, pues era difícil aguantar los jalones y el estiramiento de
ojos con el peine. Ponía todo mi esfuerzo en no llorar, pero pocas veces lo logré.
Entonces agradecí salirme de bañar y estar lista, ya peinada, y despedirme de los moños
en la cabeza por un rato; después descubrí los broches de plástico de figuritas que podía
usar y así no extrañé tanto mi cabello.
Ese mismo día, mientras llevaba a mi hijo a la escuela, señaló una camioneta a
lo lejos y me dijo: «Apúrate, mamá, ahí va un amigo; a ver si lo puedo saludar». Yo, en
cambio, cuando era niña iba agachada en el carro haciéndome aire en la cara, agitando
mi mano y respirando para no ser vista, ya que trataba de que se me quitara lo rojo de
los ojos por haber llorado.
Me apuré y lo alcanzamos; su amigo lo vio y automáticamente bajó el vidrio y
comenzó a gritar su nombre. Observé esos ojos radiantes llenos de emoción por verlo y
ahí fue que me di cuenta de que mi hijo tenía amigos en la escuela. Yo, en cambio, me
trasladé a mis primeros años de colegio, donde mi mayor recuerdo son los baños. No
crean que tenía un problema de esfínter; más bien siempre había una señora ahí,
entonces ese espacio se convirtió en otro refugio donde podía pasar todo el recreo
conversando con ella o haciéndole preguntas sobre su vida y su trabajo. Así yo estaba
tranquila, pues había un adulto que me daba paz.
El recreo, lleno de niños corriendo, era demasiado para mí, pues extrañaba mi
casa y a mi familia. Mi hermano estaba ahí, pero no salía al mismo recreo porque yo
estaba en kínder y él en primaria. Cuando la señora del baño se iba o me invitaba a salir
al patio, tenía otro espacio seguro: mi primo, quien iba a la misma escuela y con quien
compartía el receso. Él jugaba con sus compañeros a correr y dejaba su lonchera en una
jardinera; yo me ponía de misión cuidarla. Me convertía en policía: veía su lonchera
para que nadie la agarrara; aprendí a no perderlo de vista mientras jugaba a las traes y
vigilaba la lonchera al mismo tiempo.
A veces me sentaba en la jardinera para esperarlo cuando hiciera una pausa y
viniera a tomar agua, pues me emocionaba poder intercambiar mi sándwich de frijoles
con aguacate por una deliciosa galleta o brownie horneados por mi tía, su mamá, los
cuales eran una delicia para el paladar. Era un reto conseguirlos fuera de una fiesta,
donde siempre las llevaba de postre y todos podíamos agarrar de la charola o nos
servían nuestra porción junto a nuestra rebanada de pastel. Cuando no había reunión,
solo podíamos comerlos si estábamos en su casa. Los ponía en un frasco hasta arriba de
la alacena a la cual solamente podíamos acceder haciendo un plan entre los cuatro: mi
prima, mi primo, mi hermano y yo. A veces también teníamos que contar cuántos había
para tomar los suficientes para que mi tía no lo notara y entonces teníamos que
compartir, pues no alcanzaba uno para cada quien.
Una vez nos cacharon en la cocina y tuvimos que escondernos; yo me metí en
una puertita donde guardaban los utensilios de limpieza. Recuerdo la adrenalina y aún
siento cómo aguanté la respiración. Lo bueno fue que la libramos.

